El 13 de octubre de 2024 era mi cumpleaños. Por primera vez en 38 años de vida, mi papá no me felicitó. Mi mamá me dijo que se sentía mal y que no podía pasar al teléfono. Lejos, muy lejos estaba yo de imaginar en ese momento que un mes después, el 20 de noviembre, mi papá moriría. ¿Qué le pasó? Aún lo estoy digiriendo.
Esta es la historia larga, porque necesito procesarla en voz alta… o en letras.
Alrededor de cinco meses atrás, como en mayo de 2024, las piernas de mi papá se hincharon. Él era paciente renal, uno de sus riñones no servía desde hacía varios años, así que los médicos estaban estudiando si esto estaba relacionado con la hinchazón. Entre las falencias de los servicios médicos en Colombia y unos exámenes que no mostraban nada concluyente, en octubre aún no había diagnóstico.
Esos meses él siguió con su vida: trabajó, se movió, vivió como siempre. Las piernas hinchadas lo incomodaban, pero no le dolían. Continuó trabajando y a los ojos de los demás él estaba bien. Nos vimos en agosto, a propósito del cumpleaños de mi mamá (mis papás viven en Medellín y yo en Bogotá). Conoció a mi pareja, fuimos a almorzar a un restaurante lindo para celebrar a mi mamá, compartimos con mucho amor, como siempre, y todo divino. A excepción de tener que usar los tenis con los cordones abiertos por la hinchazón de los pies y de no tener ganas de caminar mucho, todo se sentía normal. Nunca se me hubiera cruzado por la cabeza que esa iba a ser nuestra última celebración juntos.
El 14 de octubre, un día después de mi cumpleaños, lo hospitalizaron. Ese fin de semana amaneció también con los brazos hinchados, ahora sí le dolía y se sentía muy desalentado. Me inquieté, me preocupé, pero jamás pensé que fuera algo grave. Estuvo muchos días en la clínica mientras le hacían exámenes y aún no podían dar un diagnóstico definitivo.
El 25 de octubre le hicieron una biopsia. Querían ver si el riñón bueno todavía estaba funcionando bien. Pero durante el examen tuvo una hemorragia y tuvieron que hacerle una transfusión de sangre. Ese día, mi hermana y yo decidimos viajar a visitarlo y a apoyar a mi mamá en la clínica. Mi hermana planeó un viaje de una semana; yo decidí irme sin fecha de regreso, para acompañar a mi papá hasta que se recuperara… porque ¡obviamente se iba a recuperar! Yo no había contemplado otra opción. Sabía que podía ser un proceso largo, pero la posibilidad de que no recobrara la salud aún no estaba en mi radar.
Lo vi muy mal. No tenía alientos de nada. Solo podía dormir. Pasaba de estar acostado a estar sentado en la cama, de estar sentado en la cama a estar sentado en la silla de la habitación, de estar sentado en esa silla a sentarse en el otro asiento para cambiar de posición. Eso era todo. No podía leer, no miraba su celular porque no tenía energía ni para revisar los mensajes, casi ni veía televisión. A veces la fuerza no le alcanzaba ni para bañarse.
A la siguiente semana tuvieron que hacerle otra transfusión porque tenía anemia. Los médicos sospechaban que tenía lupus, pero debíamos esperar los resultados de la biopsia. El 8 de noviembre le dieron de alta. No podían hacer nada más hasta no saber qué mostraba la biopsia y preferían no dejarlo en la clínica, expuesto a virus y bacterias.
La salida de la clínica fue sorpresiva. Ese día yo había ido sola porque mi mamá debía ocuparse de algunas cosas en la casa. No podía creer que estaba regresando con él. Los dos estábamos muy felices. Cuando nos subimos al carro me dijo que quería ir al Éxito (un famoso supermercado en Colombia). Yo me quedé como “¿Qué? ¡Wow!”. Dijo que quería ir a ver si encontrábamos algo rico. Para mí fue una muy buena señal porque a él le encantaba mecatear -que en Colombia significa comer algo rico entre comidas-, pero ni la almojábana ni el pandebono -dos de sus favoritos- lograron antojarlo. Solo compramos bebidas para llevar a la casa porque le daba mucha sed.
La dinámica en el apartamento era la misma porque él no recuperaba la fuerza. Solo cambiaba de lugar en la casa, pero no lograba hacer nada. Un único día pudo leer el periódico, que era uno de sus hábitos diarios. Siempre cabizbajo. Seguía con sed, náuseas y mucha debilidad. Yo lo miraba y pensaba “Dios mío, esta enfermedad se lo está consumiendo”, pero inmediatamente quería cambiar de pensamiento por alguno más optimista.
Aun así, la muerte no era una posibilidad en mi mente. Sabía que era grave, sí, pero yo temía otra cosa: que quedara en un estado delicado y prolongado, dependiente. Eso sí lo contemplaba. Morirse, nunca.
El 14 de noviembre lo acompañé al médico. Ni siquiera pudo revisarlo en la camilla porque él no tenía aliento para subirse. El médico dijo que el riñón “bueno” estaba funcionando muy poco y que seguramente necesitaría diálisis, algo que él temía profundamente.
Su reacción me rompió el corazón. Preguntó si el trasplante de riñones era una opción y cuando el médico le dijo que a su edad seguramente no le harían un trasplante, con la voz entrecortada le respondió que sí estaba dispuesto a someterse a la diálisis. La cara del médico lo decía todo, era grave. Pero nunca dijo que se podía morir, así que yo seguía sin siquiera pensarlo.
El 19 de noviembre, amaneció con mucho dolor en el pecho y en el estómago. Mientras esperábamos al médico domiciliario, nos mandó llamar a mi mamá y a mí. Cuando nos sentamos a su lado nos dijo que él ya se quería morir, que el dolor era muy fuerte y ya no aguantaba más. Lo acompañamos en silencio. Yo lo consentí un poco, conteniendo las lágrimas como si al hacerlo pudiera sostener también su vida. Pensé que ya se le pasaría cuando el dolor bajara.
El médico sugirió llevarlo a urgencias. Llamó la ambulancia y le hizo un electrocardiograma. Revisó los resultados de la biopsia: lupus sistémico. Esta enfermedad autoinmune estaba afectando varias partes de su cuerpo.
Cuando los paramédicos estaban entrando con él al ascensor, mi mamá los detuvo porque no se había despedido -yo iría con él y ella llegaría a la clínica porque solo estaba permitido un acompañante en la ambulancia-. Les hice caras a los paramédicos como excusándome por el retraso. Ella le dio un beso y le dijo que lo amaba. Esa pausa, que parecía mínima e innecesaria, fue la última vez que mi mamá lo vio consciente. Gracias a Dios nos detuvimos.
El área de urgencias de la Clínica Las Vegas de Medellín estaba llena. Nos pidieron que tuviéramos paciencia. Él se quejaba y se retorcía del dolor en la camilla. Después de un rato, afortunadamente no tan largo, ingresó a uno de los cubículos de urgencias. Fue muy difícil trasladarlo a la camilla de allí. Casi no podía moverse. Dijo que no podía respirar bien, así que una de las doctoras fue a revisarlo. Debió identificar que era algo grave porque de inmediato lo pasaron a un cuarto aparte y comenzaron a hacerle exámenes.
Uno de los médicos explicó que tenía un líquido en el abdomen y debían hacerle una radiografía de tórax para identificar de qué líquido se trataba. Él me preguntó dónde estábamos y qué le iban a hacer. Estaba tranquilo, adolorido pero tranquilo.
Mi mamá estaba afuera de urgencias y yo le iba contando cada cosa que decían los médicos. Mi hermana estaba en Bogotá. Me preguntó si debía viajar. Le propuse que esperáramos a ver qué resultados arrojaban los exámenes.
Al rato lo subieron al tercer piso de la clínica, donde le realizarían la radiografía. Pasó un tiempo largo antes de que lo entraran a la sala de rayos x. Él me preguntó qué estábamos esperando. Yo le respondí que estábamos en el piso de radiología y que estábamos esperando que lo llamaran para el examen. Esa fue nuestra última conversación. Fue la última vez que escuché su voz -a excepción de uno de nuestros encuentros místicos posteriores, que después te compartiré-.
Lejos, demasiado lejos aún estaba yo de pensar que mi papá iba a morir. Cuando murió me devolví a recordar qué había sido lo último que nos habíamos dicho. Ver ese momento en retrospectiva me impactó muchísimo. Hubiera querido saber que ese iba a ser nuestra último diálogo en este plano. Hubiera querido despedirme mientras él aún estaba consciente y saber que me estaba escuchando al recordarle que lo amaba. Pero “hubiera” no existe y yo no solo no sabía; jamás me lo hubiera imaginado.
Entró a la sala de rayos x y unos minutos después, de repente salieron corriendo doctores y enfermeras. El piso se revolucionó. Llegaron apurados los otros médicos que estaban abajo en urgencias. Yo no sabía qué pasaba. Me paré para acercarme pero solo podía observar desconcertada la emergencia sin saber de qué se trataba. Todavía me preguntaba ¿será mi papá?
Un médico se acercó. Me dijo que se había desestabilizado cuando lo estaban pasando a la mesa de rayos x, que estuviera tranquila, que ya lo estaban atendiendo. Nos veríamos abajo en urgencias.
Llamé a mi hermana llorando y le dije que tomara el primer vuelo que pudiera.
Ya no logré verlo más. Abajo en urgencias una doctora me explicó: hemorragia en la arteria gástrica. Debían intubarlo y hacerle una laparoscopia para cauterizar la arteria y detener la hemorragia. Él estaba consciente y había autorizado la intubación y el procedimiento. Me dijo que su estado era muy delicado y que el riesgo era muy alto.
Esa fue la primera vez que pensé en la muerte como una opción, la primera. Necesitaba oírlo de manera explícita, así que le pregunté a la doctora exactamente cuál era el riesgo. “El riesgo es que se muera en cualquier momento”, respondió.
Vinieron después varias conversaciones con los médicos, que me iban explicando cada paso que daban. Todos me repetían el alto riesgo en el que se encontraba.
La laparoscopia estaba demorada porque el médico que podía realizarla era muy especializado y no estaba en la clínica. Había protestas en la Avenida Las Vegas y la movilidad estaba complicada. Además, en la misma sala debían realizar antes otro procedimiento. Solo quedaba esperar.
Finalmente llegó la hora. Mi mamá y yo nos despedimos de él en el pasillo de urgencias. Le dijimos que lo amábamos, que queríamos que se quedara con nosotras mucho tiempo más, pero que se sintiera tranquilo de irse si sentía que era su momento. Le aseguré que estaríamos bien y que lo más importante era que él también lo estuviera. Ya estaba intubado. Nunca sabré si pudo oírnos.
La incertidumbre durante la espera del procedimiento fue indescriptible. Intenté no pensar demasiado, confiar y recordar que cualquiera que fuera el resultado, era el que correspondía para su bien. Acompañé a mi mamá a rezar y tuve mi propio diálogo con la vida y con Dios.
Alrededor de una hora después salió el médico. Ni él mismo se lo creía. En su expresión se notaba que todavía estaba preguntándose cómo fue que pudo salvarlo. Había logrado detener la hemorragia. Ahora debían llevarlo a la Unidad de Cuidados Intensivos.
La felicidad era infinita. La esperanza nos acompañaba. Sabíamos que cualquier milagro podía suceder y más si había logrado salir del procedimiento.
Pudimos acompañarlo un momento cuando lo llevaron a la UCI. Fue una imagen muy dura. Verlo lleno de tubos, máquinas, sin saber si podía oírnos, sentirnos. Lo consentí un rato y le hablé mucho. No nos permitían quedarnos, así que nos fuimos para la casa llenas de fe.
Esa noche llegaron mi hermana y mi sobrino. Todos confiábamos en que comenzaría a recuperarse después del procedimiento. Fue una noche larga porque ellos viajaron tarde, pero fue muy reconfortante sentirnos juntos.
A las 6:30 de la mañana nos contactaron de la clínica. Llamaron a mi celular. Yo me estaba bañando y Andre, mi hermana, contestó. Mi papá no había respondido a ninguno de los tratamientos aplicados en la noche. Nos recomendaron ir de inmediato.
El jefe de cuidados Intensivos que había estado de turno en la noche nos dijo que si entraba en paro, no era recomendable reanimarlo. Solo quedaba un milagro.
Estuvimos toda la mañana esperando a ese milagro, turnándonos para entrar a la UCI a estar con él. Mi primo coordinó la visita de un sacerdote que le ungió los santos óleos. Eso fue muy significativo para mi mamá y sé que también lo era para mi papá.
Le hablé mucho, le puse música relajante, lo consentí. Era muy difícil verlo así, pero el amor era mucho más fuerte que cualquier imagen, por desgarradora que fuera.
Hacia el mediodía, los médicos dijeron que debían operarlo. En el procedimiento de la noche anterior habían logrado detener la hemorragia, pero la sangre que alcanzó a salir todavía estaba ahí y le estaba presionado todos los órganos vitales. Debían abrirlo y limpiarlo. El riesgo, por supuesto, era altísimo.
Era yo quien estaba adentro en la UCI cuando llegaron los médicos para llevarlo a cirugía. De nuevo me despedí, le repetí que lo amaba cien mil veces, le reiteré que deseaba con todo mi corazón que se quedara con nosotras pero que honrara su tiempo con tranquilidad y con amor, que eso era lo más importante para nosotras. Otra vez le aseguré que estaríamos bien, que estuviera tranquilo y, si sentía que era hora de irse, se fuera en paz. Un “Te amo” fue lo último que le dije al oído. No sé si me escuchó, pero sí sé que, de una u otra manera, me sintió.
Salimos rápido a almorzar para regresar lo antes posible. Cuando estábamos entrando a la clínica nos llamó mi tía. Estaba saliendo el cirujano.
Nos pidieron entrar a una salita y allí, el cirujano y la anestesióloga nos lo dijeron. Solo recuerdo que la primera palabra que pronunciaron fue “lamentablemente”. Nos explicaron que se desestabilizó cuando estaban trasladándolo de la camilla a la mesa de cirugía y entró en paro. De ahí para allá lo único que sé es que a las 14:00 horas del 20 de noviembre de 2024 mi papá murió.
Lo que ha pasado desde entonces ameritó este espacio. La profunda tristeza, la inmensa gratitud, las comprensiones sobre la vida, las revelaciones sobre la muerte, las etapas del duelo, los vacíos, los regalos. Tanto, tantísimo ha llegado a mi ser desde entonces que no podía guardar esos tesoros solo para mí.
Por ahí empezaremos en la próxima: compartiré contigo los regalos que me ha traído la muerte.
Solo este artículo podría haber sido el capítulo de un libro. Gracias por dejarme digerir contigo ese mes largo, esos últimos días. Estos son solo los hechos que marcaron el inicio de este camino. Lo que viene probablemente ni te lo imaginas.
Deja en los comentarios lo que ha conectado contigo de esta historia.
Nos leemos la próxima semana.
Con amor,
La Muñeca, como me decía mi papá.




