Los regalos de la muerte.

Doy gracias a la vida por la muerte de mi papá. Sí, leíste bien. Tengo tanto que agradecerle a él, que hasta su muerte ha sido una fuente de regalos maravillosos. Su amor es tan grande y sublime, que me llega desde donde sea que esté, expresado en numerosas formas.

Hubiera querido que su partida de este plano no ocurriera hasta que yo estuviera repleta de arrugas. Cuando pienso que ya no está conmigo en esta tierra, la mujer de casi 40 años se esfuma y me siento como una niña chiquita, desprotegida y vulnerable. Cuando imagino todos los años que me quedan acá sin él, se me hacen eternos y pesados.

Pero la realidad es simple y la muerte es contundente. Su cuerpo ya no existe. No hay vuelta atrás.

Recuerdo el día que íbamos a dejar sus cenizas en la Catedral Basilica Metropolitana de Medellín. Era lunes. La urna con las cenizas había estado en la casa el fin de semana porque nos la entregaron el sábado y sólo nos podían abrír el osario familiar hasta el siguiente día hábil.

Cuando ya íbamos a salir para la Catedral, mi hermana tomó la urna con las cenizas, notó un poco de polvo encima y con cariño y dulzura le dijo a mi papá: “Abue, te empolvaste”. Mi carcajada fue inmediata. El humor negro fue inevitable cuando pensé que no había mejor descripción para el estado del cuerpo de mi papá en ese momento: se había empolvado, literalmente.

…Y con su cuerpo hecho cenizas, la vida de quienes quedamos acá cambió para siempre. Aún lloro muchas veces al aterrizar en esa realidad, pero también honro, agradezco y sonrío frente a las trascendentales revelaciones que me ha ofrecido.

La muerte de mi papá me abrió un nuevo portal espiritual. Me dio la certeza absoluta de que existe vida más allá de la muerte; de que somos energía en múltiples planos; de que la intuición, las señales y lo invisible son tan reales como lo que tocamos. De hecho, a veces son tan contundentes que casi parecen tangibles. Ese despertar reactivó dones que dormimos los seres humanos de manera inconsciente a medida que crecemos, para encajar y no parecer raros. Mi sensibilidad volvió a ser guía. Mi alma volvió a recordar.

También me regaló el espejo más hermoso: mi familia. Mi mamá, mi hermana y mi sobrino son testimonio vivo del amor más puro. La muerte de mi papá nos ha permitido conocernos en el dolor, nos ha dado la oportunidad para apoyarnos en armonía y consolidar nuestra unión. Sé que muchas veces con el duelo aparecen los conflictos y se rompen los lazos, pero en nosotras solo ha florecido más el amor. Me siento inmensamente agradecida por eso.

Y luego está mi mamá. La reconfiguración interna de mi relación con ella. Porque seamos honestos, eso de “tomar a la madre” no siempre es fácil y a las mujeres, en especial, nos confronta.

Este revolcón emocional reordenó nuestra relación a un nivel muy profundo. Pude reconocer con orgullo todo lo que hay de ella en mí, atesorarlo y también soltar lo que ya no me corresponde de mi linaje familiar, en libertad y gratitud. Recordé cuántos motivos tengo para admirarla y equilibré la balanza de mi legado paterno y materno.

Hoy honro el habernos escogido como madre e hija y agradezco cada día por tenerla a mi lado, tal cual es.

Así como agradezco el amor de la amistad. El trascender de mi papá también me ha obsequiado el atestiguar a mis amigas del alma. En los momentos difíciles, en los desafíos y pruebas, es cuando en realidad sabes quién está a tu lado. Me siento muy afortunada de caminar junto a seres tan maravillosos; de tener vínculos profundos, significativos y tan amorosos como para llenar mi corazón en medio de este vacío que deja la muerte.

Y como si la lista de regalos y fuentes de amor fuera corta hasta acá, también agradezco mi pareja. Esa representación de paciencia, intimidad, contención, gozo, diversión, madurez y conexión que la vida me tenía guardada para este momento.

Hablemos ahora de herencias. Y no, no me refiero a lo material. La herencia más importante que nos dejó mi papá ha sido el amor de quienes lo amaban y lo admiraban. Sus amigos y seres queridos han estado presentes apoyándonos. Su compañía ha sido consuelo y motivo de orgullo, porque están para nosotras gracias a la forma como él estuvo para ellos, a todo lo que les entregó con su infinita generosidad y vocación de servicio.

Cada palabra acerca del rol que él tuvo en la vida de otras personas es una caricia para mi corazón. Sin contar lo relevante que es tener a alguien que pueda pensar con cabeza fría, guiarte y apoyarte para abordar los aspectos prácticos, burocráticos -y muchas veces absurdos- que conlleva un fallecimiento.

Y aquí viene uno de los regalos más importantes que me ha traído la muerte: la conciencia sobre la vida. Ese cliché de que “el único momento seguro es aquí y ahora” dejó de ser una frase bonita y se volvió verdad encarnada.

Hoy tengo plena conciencia de que cada latido de mi corazón puede ser el último, de que cada conversación puede ser el diálogo final con una persona. ¿Cuál quiero que sea ese recuerdo? ¿Cómo quiero que sea mi vida? De verdad, en lo esencial. La muerte ha sido una invitación a vivir con intención, presencia y congruencia.

Hay otros obsequios más místicos. Momentos invaluables que he experimentado en este año y merecen un capítulo aparte que desarrollaré pronto.

Y sé que me quedan más regalos por nombrar. Tal vez apenas publique esto recordaré otros, como cuando las mamás llaman un minuto después de colgar porque olvidaron lo más importante. Está bien, Despertanza tiene espacio para todo lo que siga llegando.

Por el momento, cierro con una frase que jamás le diría a alguien que esté atravesando un duelo, pero que hoy es real para mí, como te lo he mostrado en este artículo: todo en la vida tiene un propósito, cada experiencia nos trae aprendizajes y bendiciones, si nos abrimos a recibirlas.

Y ahora te pregunto a ti: ¿qué regalos te ha dejado un duelo? Puede ser una muerte física o cualquier pérdida que haya marcado tu vida. Te leo en los comentarios.

Y nos leemos la próxima semana.

Con amor,

La Muñeca, como me decía mi papá.

2 Comentarios

  • Andrea Cañaveral Vélez

    No recordaba lo de «Abue, te empolvaste» … el papá era tan lindo y su energía tan bonita que cada recuerdo saca una sonrisa. Te quiero!

  • Mi amor lindo

    Sí… en algo coincidimos con tu papá… Yo también te digo muñeca, aunque de otro tipo, pero no carnal, justo lo opuesto. En fin, ya me entendiste y me iré al infierno, lo sé… Te amo

Comentarios

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Soy Juliana Cañaveral Vélez. Periodista y narradora del alma. Creo en el poder de las historias para abrir caminos, romper silencios y recordarnos que no estamos solos. Por eso cuento las mías y acompaño a otros a impactar el mundo con sus propias historias.

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