Las luces de diciembre proyectan nuevas sombras cuando estás en duelo. Este es mi segundo fin de año sin mi papá, pero el primero en el que su ausencia dejó de sentirse solo como un mal sueño. Un tiempo en el que conviven el deseo de celebrar y la necesidad de llorar. En este artículo te cuento qué he descubierto al habitar ambas orillas.
Mi papá murió el 20 de noviembre de 2024. Aunque ha pasado más de un año desde que dejó este plano, la Navidad y el Año Nuevo anteriores me encontraron pasmada, sostenida en la ingenuidad propia de quien nunca ha vivido un duelo tan significativo, en la inocencia temprana de un proceso que aún no revela su verdadero alcance.
No había aterrizado en esta nueva realidad sin él. Mi mente sabía que la partida era definitiva, pero mi corazón sentía que se había ido de viaje o que simplemente no estaba por esos días. Una parte de mí seguía creyendo que nada había cambiado del todo… o mejor aún, que todo volvería a cambiar.
Este año, al contrario, diciembre sin mi papá se siente real. La ausencia ya no es un golpe seco, sino un eco que me acompaña. A veces me siento tonta al observarme en este revolcón emocional por una fecha que, al final, es solo una convención marcada en un calendario construido de forma arbitraria. Diciembre podría ser cualquier mes, Navidad podría ser una fecha más, Año Nuevo podría ser solo otro tránsito de luna a sol. Pero no lo es.
Diciembre “llega con su alegría”, como decimos en Colombia; con su guion colectivo de celebración, reflexión, balance, dejar atrás y prepararse para el nuevo ciclo que viene. Es una época de reunión familiar y actividad social. El sonido de las canciones típicas de la temporada, de ritmos alegres y letras tristes, opaca el ruido de la nostalgia y de todo aquello que pesa más por estos días.
Pero las luces de la decoración navideña iluminan también aquello que a veces duele ver. Y entonces los sentimientos se revuelven, se contradicen, se complementan. Todo al mismo tiempo.
Una parte de mí quiere celebrar como nunca antes. Hacer una gran fiesta que honre la alegría de mi papá. Festejar y agradecer todo lo lindo que he recibido este año, en especial aquello que emergió del duelo: revelaciones, lecciones, regalos inesperados. Ese lado de mí anhela recuperar el júbilo y el gozo inocente de la vida, volver a bailar como si no hubiera un mañana, reconectarse con el placer de existir.
También hay una pequeña fracción de esa faceta de Juliana que desea huir, que fantasea con la posibilidad de ignorar el dolor, el vacío y la tristeza entre luces y música.
En la otra orilla, está la parte de mí que habita, honra y llora el dolor de este momento sin restricciones. La que abraza el duelo sin reservas. Esa Juliana que ahora entiende, desde la piel y no solo desde la cabeza, por qué tantas personas dejan de celebrar “fechas especiales” después de grandes pérdidas.
Esa versión de mí me recuerda que hay tristezas que no merecen ser contenidas, sino transitadas y expresadas; que el amor también se manifiesta en forma de agua que brota por los ojos.
Entonces me llama la fiesta, la multitud y hasta conocer personas nuevas, y al mismo tiempo quiero silencio, soledad e introspección. Me percibo más alegre, agradecida, motivada, y a la vez se intensifican la nostalgia y la melancolía.
Me enternece y me reconforta recordar cuánto disfrutaba mi papá estas celebraciones, y en simultáneo deseo no tener esa memoria en particular.
Y así se alarga la lista de aparentes contradicciones. Pero la verdad es que todos esos segmentos de mí no son excluyentes; se sostienen. Son componentes del todo. Se nutren unos a otros. Se pueden observar porque se reflejan en sus opuestos. Son uno solo. Soy una sola.
No necesito priorizar uno de esos lados ni negar otro. He decidido acogerlos todos a medida que surgen y darle a cada uno su lugar, porque al final, lo que realmente importa es que, más allá del inmenso vacío físico, estoy llena de amor. El amor que soy. El amor que comparto. El amor que recibo.
El centro del péndulo es el amor que mi papá me dejó sembrado, ese que sigue vivo en mí. Ese que me hace reír, llorar y que me permite ser yo en todas mis facetas, sin miedo, en entrega absoluta a la experiencia de esta vida.
Ese será mi homenaje de diciembre a mi papá: sentir. Sentirlo todo con valentía y conciencia. Él ya no bailará conmigo en estas fiestas, pero su amor seguirá siendo parte de la chispa que enciende mi propio baile.
Es posible que tú también estés extrañando algo este diciembre: un ser amado, un lugar, una relación, una versión antigua de ti. Cuéntame cómo lo transitas por esta época. Te leo en los comentarios.
…Y nos leemos la próxima semana.
Con amor,
La Muñeca, como me decía mi papá.
